
La noticia de su existencia se difundió rápidamente por Francia. Un ministro del gobierno ordenó el traslado del muchacho a París a finales de septiembre de 1800, con la esperanza de que el estudio de su caso pudiese ampliar los conocimientos sobre la mente humana.
Los sabios del momento lo estudiaron atenta y cuidadosamente y llegaron a la conclusión de que "el salvaje de Aveyron" no era más que un deficiente mental incurable. Pero un joven médico recién doctorado, Jean Marc Gaspard Itard, mas optimista y dispuesto a hacerse cargo de este niño, quedo como tutor y se hizo responsable de su atención y educación del niño proponiéndoles un programa en su tratamiento psicológico y de su readaptación.
La primera impresión que le causó el niño a Itard: "un niño desagradablemente sucio, afectado por movimientos espasmódicos e incluso convulsiones; que se balanceaba incesantemente como los animales del zoo; que mordía y arañaba a quienes se le acercaban, que no mostraba ningún afecto a quienes le cuidaban y que, en suma, se mostraba indiferente a todo y no prestaba atención a nada."
El muchacho era delgado y bajo para su supuesta edad. Su rostro, redondeado, presentaba cicatrices de haber sufrido la viruela. Su nariz era larga y puntiaguda y su mentón hundido. Tenía un cuello largo y esbelto, pero otra gran cicatriz le atravesaba la garganta.
Las atenciones y cuidados que se le dieron desde entonces mejoraron su estado físico y su sociabilidad, pero los progresos fueron muy pocos. Itard le puso el nombre de Víctor. Por esta época se presentó la pubertad sexual del muchacho, lo que creó problemas adicionales a su educador. Las esperanzas de Itard de enseñarle a hablar y a comportarse de manera correcta resultaron frustradas.
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