jueves, 18 de abril de 2013

El Salvaje Aveyron.



A fines de septiembre de 1799, tres cazadores encuentran en los bosques de Caune (Francia)  a un niño desnudo, al que capturaron y dejaron al cuidado de una viuda, encerrado en una cabaña. Parecía un adolescente de entre 11 o 12 años y ya había sido visto anteriormente por la zona. Luego de una semana logró escaparse, volviendo a las montañas. Durante el día se aparecía  en los pueblo de los alrededores, donde volvió a ser capturado. Allí se le atendió y se le vigiló durante días, siendo llevado luego al hospital de Saint-Afrique y posteriormente a Rodez, donde estuvo varios meses. Durante todo este tiempo se mostró salvaje y esquivo, impaciente e inquieto, siempre atento a la posibilidad de escapar nuevamente.

La noticia de su existencia se difundió rápidamente por Francia. Un ministro del gobierno ordenó el traslado del muchacho a París a finales de septiembre de 1800, con la esperanza de que el estudio de su caso pudiese ampliar los conocimientos sobre la mente humana.

Los sabios del momento lo estudiaron atenta y cuidadosamente y llegaron a la conclusión de que "el salvaje de Aveyron" no era más que un deficiente mental incurable. Pero un joven médico recién doctorado, Jean Marc Gaspard Itard, mas optimista y dispuesto a hacerse cargo de este niño, quedo como tutor y se hizo responsable de su atención y educación del niño proponiéndoles un programa en su tratamiento psicológico y de su readaptación. 

La primera impresión que le causó el niño a  Itard: "un niño desagradablemente sucio, afectado por movimientos espasmódicos e incluso convulsiones; que se balanceaba incesantemente como los animales del zoo; que mordía y arañaba a quienes se le acercaban, que no mostraba ningún afecto a quienes le cuidaban y que, en suma, se mostraba indiferente a todo y no prestaba atención a nada."

El muchacho era delgado y bajo para su supuesta edad. Su rostro, redondeado, presentaba cicatrices de haber sufrido la viruela. Su nariz era larga y puntiaguda y su mentón hundido. Tenía un cuello largo y esbelto, pero otra gran cicatriz le atravesaba la garganta.

Las atenciones y cuidados que se le dieron desde entonces mejoraron su estado físico y su sociabilidad, pero los progresos fueron muy pocos. Itard le puso el nombre de Víctor. Por esta época se presentó la pubertad sexual del muchacho, lo que creó problemas adicionales a su educador. Las esperanzas de Itard de enseñarle a hablar y a comportarse de manera correcta resultaron frustradas.

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